martes, 4 de julio de 2017

'El tren de las moscas'



Hace cuatro años vi el documental ‘El tren de las moscas’. Lamentablemente, en estos años la situación de los refugiados se ha agravado en todo el mundo. Huyendo de diversas situaciones, miles de personas dejan sus tierras con la esperanza de vivir.

La pregunta que siempre me interpela ante estas situaciones es qué puedo hacer, qué podemos hacer. Qué hacer frente al hambre, los bombardeos, las guerras, los gobiernos que no dan respuesta o incluso persiguen a sus ciudadanos. Quizás lo ‘natural’ es sentir que somos impotentes a tanta injusticia.

Por eso  me llena de esperanza la capacidad de las mujeres que aparecen en el documental, ‘Las Patronas’, de hacer algo cuando toda la realidad parece decir “no se puede hacer nada”. Hay infinidad de cosas que no podemos hacer, que no podemos cambiar. Pero siempre podemos dar amor.

El documental presenta dos grandes hechos. Uno está encuadrado en una realidad social muy triste de Centroamérica. Y otro proporciona un rayo de luz a esa realidad.

Las Patronas esperan al costado de las vías que pase el tren y hacen señas a los viajeros para que reciban las viandas. Los viajeros reciben entusiasmados los paquetes. No tienen tiempo ni de agradecer, más que enviando una carta luego. Las Patronas podrían quedarse en lo absurdo de buscar una esperanza  en ese tren, donde posiblemente mueran. Pero tal como expresa la carta de agradecimiento que lee Norma Romero, ellas ofrecen su amor a personas que no conocen, no juzgan su situación de exilio, no saben cómo fueron sus vidas previamente ni qué buscan en EEUU. Simplemente, desde el silencio, acompañan. Ofrecen su amor, su solidaridad, su compresión.

Los viajeros no podrán devolver a las Patronas su ayuda. Pero seguramente ese gesto de amor desinteresado los motive a tener gestos con otras personas.

Además de la ayuda material que ofrecen, es invaluable el mensaje de esperanza que acercan a los viajeros. Llevan amor a personas que están enfrentando el desarraigo con mucha vulnerabilidad. Seguramente para mucho de los inmigrantes, las Patronas son el rostro de Dios que los acompaña en el viaje.

También nos ofrecen un mensaje a todos: Poner nuestros dones al servicio de los más necesitados, aliviar con lo que tenemos –aunque sea poco- al que pasa a nuestro lado. No pueden cambiar las condiciones sociales, económicas, laborales de los países, no pueden evitar los abusos que sufren los inmigrantes ilegales. Pero acompañan en el camino. Parafraseando a Mamerto Menapace, no tienen en sus manos la solución para los problemas del mundo, pero para los problemas del mundo tienen (y ofrecen) sus manos.

Todas las mujeres hablan desde el amor. Entienden la situación por la que están pasando los inmigrantes, se lamentan con los abusos que sufren durante el viaje. Y ofrecen su ayuda desde la humildad, de igual a igual. No tienen soberbia. Solamente se dan cuenta que los inmigrantes están pasando una situación difícil y ellas tienen la posibilidad de darles una mano. En este momento que todo se compra y se vende, sobre todo el ser humano, ellas proponen otra lógica, el trabajo comunitario, el amor desinteresado.

Las Patronas son el rostro de Dios y construyen su Reino. Jesús nos dice felices los pobres, felices los que tienen hambre, felices los que lloran. Hay un sistema injusto, que nos oprime, que produce ricos muy ricos y pobres muy pobres, que nos expulsa de nuestros hogares, que intenta cortar nuestros vínculos de solidaridad y cambiarlos por relaciones mercantiles. Y Jesús nos dice “felices ustedes los pobres”, los que no se benefician de este sistema injusto, los que no usan sus recursos para explotar al del lado. Felices los que sufren injusticias, porque tienen la capacidad de luchar y cambiar la situación.

Creemos en el Dios que nos libera de las esclavitudes. Creemos en el Dios que quiere que tengamos vida en abundancia, que multiplica y comparte con nosotros el pan. Creemos en el Dios de la liberación, el Dios nos moviliza para luchar por una vida más digna. Y ese Dios acompaña a los inmigrantes durante el viaje en tren y se manifiesta en las Patronas, dándoles un alivio en el trayecto. Felices ellos, porque les pertenece el Reino de Dios.

Mirando y admirando a las Patronas, pienso cuánto por hacer, cuánto por compartir, cuántos gestos de amor nos convocan. Vivamos esta urgencia de construir el Reino.  

miércoles, 18 de enero de 2017

Gracias por otra misión compartida



    Misión en San Nicolás, enero 2017

   Gracias por estos pocos días e intensos días de misión. Llegué tres días después que el resto del grupo, cuando terminé de trabajar. Y me costó entrar en clima. Me sentía cansada, aislada en mi misma, con dificultad para compartir y poner mis sentidos al servicio de la comunidad y del grupo. Varias veces me pregunté "¿Será esta una de mis últimas misiones? ¿Tengo ganas de seguir haciendo esto? Después de siete años, ¿estaré cansada? ¿Habré cumplido una etapa?"

   Y me renovaron la fe. Los niños, las señoras, las hermanas, el sacerdote, los jóvenes, todos los miembros del grupo. Cada uno de ellos me renovó la fe en Jesús resucitado, Jesús vida, Jesús presente en los rostros de los que aman, sufren, luchan, comparten, celebran. 


   Yo tengo fe en el Dios de la vida. Es fe en la vida, fe en los que están vivos -es decir, caminan, cambian, avanzan, siguen adelante, buscan, se inquietan. Fe en que cada persona puede ser mejor, fe en los encuentros. Tengo fe en Jesús que se manifiesta en cada persona y me llama al encuentro fraterno. Y también fe en Jesús que viene a rescatarme, a darme un abrazo, a motivarme a través de otros rostros, a veces rostros de amigos, a veces de desconocidos.

  No tengo fe en un Dios lejano y todopoderoso que se manifiesta fantásticamente. Tengo fe en el milagro cotidiano que somos cada uno de nosotros intentando ser más humanos, y que se hace celebración cuando nos reunimos a compartir el mate, los juegos, los proyectos.

  Hace siete años que estoy en este grupo, que es un grupo nuevo continuación de aquel donde comencé a enamorarme de la misión. El grupo se renueva cada vez que una persona nueva ingresa. Para mí, se conjugan la confianza y el entendernos con miradas con aquellos con quienes transité más camino, y la sorpresa y la admiración de ver a los que se fueron sumando en el último año y tienen tanto para aportar, compartir, motivar.

  Y gracias a todos esos rostros pude encontrar nuevamente a Jesús, pude conectar con la misión, con el grupo, conmigo misma, con la vida. Gracias por estos días compartidos.