Hace cuatro años vi el documental ‘El tren de las moscas’. Lamentablemente, en estos años la situación de los refugiados se ha agravado en todo el mundo. Huyendo de
diversas situaciones, miles de personas dejan sus tierras con la esperanza de
vivir.
La pregunta que siempre me interpela ante estas situaciones es qué puedo hacer, qué podemos hacer. Qué hacer frente al hambre,
los bombardeos, las guerras, los gobiernos que no dan respuesta o incluso
persiguen a sus ciudadanos. Quizás lo ‘natural’ es sentir que somos impotentes
a tanta injusticia.
Por eso me llena de esperanza la capacidad de las
mujeres que aparecen en el documental, ‘Las Patronas’, de hacer algo cuando toda
la realidad parece decir “no se puede hacer nada”. Hay infinidad de cosas que
no podemos hacer, que no podemos cambiar. Pero siempre podemos dar amor.
El documental presenta dos grandes
hechos. Uno está encuadrado en una realidad social muy triste de Centroamérica.
Y otro proporciona un rayo de luz a esa realidad.
Las Patronas esperan al costado de
las vías que pase el tren y hacen señas a los viajeros para que reciban las
viandas. Los viajeros reciben entusiasmados los paquetes. No tienen tiempo ni
de agradecer, más que enviando una carta luego. Las Patronas podrían quedarse
en lo absurdo de buscar una esperanza en
ese tren, donde posiblemente mueran. Pero tal como expresa la carta de
agradecimiento que lee Norma Romero, ellas ofrecen su amor a personas que no
conocen, no juzgan su situación de exilio, no saben cómo fueron sus vidas
previamente ni qué buscan en EEUU. Simplemente, desde el silencio, acompañan. Ofrecen
su amor, su solidaridad, su compresión.
Los viajeros no podrán devolver a
las Patronas su ayuda. Pero seguramente ese gesto de amor desinteresado los
motive a tener gestos con otras personas.
Además de la ayuda material que
ofrecen, es invaluable el mensaje de esperanza que acercan a los viajeros.
Llevan amor a personas que están enfrentando el desarraigo con mucha
vulnerabilidad. Seguramente para mucho de los inmigrantes, las Patronas son el
rostro de Dios que los acompaña en el viaje.
También nos ofrecen un mensaje a todos: Poner nuestros dones al servicio de los más necesitados, aliviar
con lo que tenemos –aunque sea poco- al que pasa a nuestro lado. No pueden
cambiar las condiciones sociales, económicas, laborales de los países, no
pueden evitar los abusos que sufren los inmigrantes ilegales. Pero acompañan en
el camino. Parafraseando a Mamerto Menapace, no tienen en sus manos la solución
para los problemas del mundo, pero para los problemas del mundo tienen (y
ofrecen) sus manos.
Todas las mujeres hablan desde el
amor. Entienden la situación por la que están pasando los inmigrantes, se
lamentan con los abusos que sufren durante el viaje. Y ofrecen su ayuda desde la humildad, de igual a igual. No tienen soberbia. Solamente se dan cuenta que los inmigrantes están pasando una
situación difícil y ellas tienen la posibilidad de darles una mano. En este
momento que todo se compra y se vende, sobre todo el ser humano, ellas proponen
otra lógica, el trabajo comunitario, el amor desinteresado.
Las Patronas son el rostro de Dios y
construyen su Reino. Jesús nos dice felices los pobres, felices los que tienen
hambre, felices los que lloran. Hay un sistema injusto, que nos oprime, que produce
ricos muy ricos y pobres muy pobres, que nos expulsa de nuestros hogares, que
intenta cortar nuestros vínculos de solidaridad y cambiarlos por relaciones
mercantiles. Y Jesús nos dice “felices ustedes los pobres”, los que no se
benefician de este sistema injusto, los que no usan sus recursos para explotar
al del lado. Felices los que sufren injusticias, porque tienen la capacidad de
luchar y cambiar la situación.
Creemos en el Dios que nos libera de
las esclavitudes. Creemos en el Dios que quiere que tengamos vida en abundancia,
que multiplica y comparte con nosotros el pan. Creemos en el Dios de la
liberación, el Dios nos moviliza para luchar por una vida más digna. Y ese Dios
acompaña a los inmigrantes durante el viaje en tren y se manifiesta en las
Patronas, dándoles un alivio en el trayecto. Felices ellos, porque les
pertenece el Reino de Dios.
Mirando y admirando a las Patronas,
pienso cuánto por hacer, cuánto por compartir, cuántos gestos de amor nos convocan. Vivamos esta urgencia de construir el Reino.
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