lunes, 10 de octubre de 2016

María acompañando a mujeres actuales

Intento redescubrir a María, queriendo que –su persona, su vida, sus características- me acompañe e ilumine como mujer actual, del siglo XXI, con preguntas, dudas, luchas, que busca la igualdad, que tiene ganas de construir un mundo más humano.

El Evangelio de Lucas nos muestra que María era una muchacha humilde, joven, mujer, miembro de un pueblo oprimido, sin ninguna relevancia social en su tiempo. Y Dios la vio, la conoció y la eligió para ser la madre de Jesús. María recibió la visita del ángel que la invitó a ser madre de Dios y ella se animó a preguntar “¿Cómo puedes ser esto?"[1]. Luego, tomó una decisión por sí misma. No le preguntó a ninguna autoridad, a ningún hombre. Aceptó el milagro de Dios y se hizo cargo.

Estoy trabajando en una organización que promueve y acompaña la organización de los vecinos en los barrios. El sábado asistí a una reunión en un barrio muy humilde de Pilar y el tema principal de preocupación es la inseguridad, asociado a la droga. Es un problema que los afecta cotidianamente y del que pueden tener poco control. La mayoría de las personas reunidas eran mujeres, y las mujeres eran las que llevaban adelante las discusiones. Habían hablado con autoridades de la municipalidad y la comisaria, proponía planes de acción, alertaban sobre los peligros, contaban sus experiencias y las de otros vecinos, pensaban estrategias de cuidado.

En el barrio de San Nicolás donde vamos a misionar hay un comedor y centro día para niños de primaria. Lo atienden cinco mujeres. Ellas conocen las problemáticas de cada nene y de cada familia. Saben que los nenes están solos, que hay situaciones de violencia. En sus situaciones personales, se hacen cargo de familiares enfermos, buscan soluciones creativas para ahorrar dinero, intentan darles algún gusto a los hijos. Algunas tienen marido, otras no. En todos los casos, se ve que ellas deciden, actúan, están atentas, cuidan de su familia y de su comunidad.

La unión de la familia, el cuidado de los más débiles, el dinero, la droga, la inseguridad son algunas de las preocupaciones que tienen estas mujeres. Con la posibilidad de dar mayor o menos respuesta, de poder incidir más o menos desde sus lugares, estas cuestiones están presentes cotidianamente.

Pienso en María -quizás desde una imagen más tradicional-, y su familia era humilde, habrán tenido problemas de dinero, de pensar soluciones en casa para lo que no podían conseguir. Además, Israel era dominado por Roma. Tuvieron que escapar durante la matanza de los niños y quizás hubo otras situaciones de violencia y represión. Rescato estos valores y sé que son actuales. Pero aún hay más, porque María es mas que una mamá que se queda en casa ocupándose de su hijo.

Dios no buscó para hacerse hombre a una persona importante, con poder económico y político, con todas las comodidades. La condición sencilla de María fue imprescindible para formar parte del Reino. Dios la reconoció y la elevó, le ofreció un lugar fundamental en la historia de la salvación y del Reino de Dios. Los cambios sociales, los nuevos valores, la fraternidad, las pequeñas semillas del Reino están en la labor de mujeres sencillas que se preocupan por su familia, por su barrio, por su cuidad. Que salen y actúan. Que tienen voz y que luchan.

Luego de aceptar ser la madre de Dios –Lucas nos dice “tomó su decisión”[2]-, María fue a visitar a su prima Isabel. Sola, se dirigió a otra ciudad, caminando, sin avisar. Qué peligroso suena eso ahora, en tiempos de tanta violencia. Imaginémoslo hace más de dos mil años, cuando las mujeres no podían hacer nada sin la compañía de un varón.

Al encontrarse, María e Isabel cantaron de alegría. Tenían voz. Tenían alegría. Evocaron una realidad personal de alegría, que se correspondía a la realidad social. La alegría de ellas formó parte del proyecto de salvación de Dios a todos los oprimidos. Ellas reconocieron la presencia salvadora y amorosa de Dios en sus vidas.  Ellas pusieron su esperanza en Dios y él la bendijo. Espíritu Santo estaba con ellas en ese encontrarse y compartir.

En el Magníficat[3], María reconoció que esta presencia de Dios en su vida no era exclusiva para con ella, sino que se trata de una presencia con todos los pequeños, los hambrientos, los humildes. Dios sacó de su lugar a los soberbios y a los poderosos para liberar a los humildes. Dios muestra es rostro de misericordia para los que sufren.

María se quedó tres meses con Isabel[4], que también estaba embarazada por la gracia de Dios y era una mujer mayor. Cuánta ayuda habrá necesitado  Y ahí estuvo María.

Estas mujeres -en Pilar, en San Nicolás y en tanto otros lugares- no se quedan en la casa. Salen, se reúnen, buscan soluciones en conjunto, se enfrentan a las autoridades, lideran procesos colectivos. Y acá aparece algo clave que estoy descubriendo en la teología de María que es la solidaridad entre mujeres. Esta solidaridad es histórica (si pensamos en las mujeres en diferentes situaciones de opresión siempre aparece una solidaridad subterránea entre ellas) y en este momento los poderes hegemónicos están intentando destruirla. Los medios de comunicación presentan mujeres enfrentadas entre ellas por el amor de un hombre, mujeres que compiten en los trabajos, mujeres que quieren ser más que las demás, mujeres que solo se preocupan en comprar, mujeres que critican a otras mujeres. Se caracteriza a las mujeres como envidiosas, egoístas, superficiales, chismosas, rápidas para juzgar. Es decir, se presentan todas las actitudes que dividen, en lugar de la solidaridad. Y cuando una mujer es presentada como altruista, cuando se reconoce su trabajo por la comunidad, pareciera que lo hace en soledad, que no tiene un equipo, que no trabaja en conjunto con otras mujeres u otros varones. Aun cuando se remarca el liderazgo positivo de una mujer, es un liderazgo solitario, no solidario. 

Tenemos que revalorizar la solidaridad entre mujeres, la capacidad que tenemos las mujeres cuando nos reunimos y actuamos juntas. Tenemos que dar visibilidad a que las preocupaciones de las mujeres no son solo domesticas, sino comunitarias. Las mujeres lideran instituciones para el cambio, de cuidado de los más débiles, de contención. Saben cómo se entreteje la corrupción y la delincuencia y se enfrentan a las autoridades buscando soluciones.

Muchas veces pensamos nos ponemos en manos de María para que nos proteja, nos cubra, sabemos que como madre nos conoce y entiende. Pero estas intervenciones de María parecen suceder en los momentos de descanso, en los que se frena la acción, en el aislarnos un rato de los problemas. No le pedimos que nos acompañe en las luchas, que nos de la palabra justa, que nos inspire en los encuentros. Ahora estoy descubriendo todas esas virtudes de María, empezando a verla desde la acción y la decisión.

María se reunía con los primeros cristianos. Su papel fundamental en las primeras comunidades no fue desde el silencio y la soledad del hogar, sino desde el encuentro, la toma de la palabra y el trabajo conjunto. El proyecto de salvación que la abarcó totalmente y del que fue socia, no es un proyecto privado, individual, sino comunitario y universal. La inversión de privilegios del Reino es una inversión social.

Tenemos -tengo- que retomar a María cuestionando, preguntando, decidiendo, liderando, en reuniones, en encuentros, en solidaridad con otros oprimidos. Esa María es actual y puede ser inspiración para muchas mujeres y muchos hombres comprometidos con su realidad social y comunitaria.

María que habla y se mueve, que no ve de afuera lo que pasa sino que está en el centro de la transformación. María que es acción e invita a otros a la acción. María que camina, viaja, presta atención, sabe quién necesita qué y dulcemente ordena “no tienen vino” y aconseja “hagan lo que Él les diga”[5].





[1] Lucas 1, 34
[2] Lucas 1, 39
[3] Lucas 1, 46-55
[4] Lucas 1, 56
[5] Las bodas de Caná. Juan 2, 1-11

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