viernes, 19 de enero de 2018

“Los sueños parecen al principio imposibles, luego improbables, y luego, cuando nos comprometemos, se vuelven inevitables”


Un domingo a principios de noviembre un amigo me contó que estaban organizando la misión de verano por el campo al sur de Río Negro. Le dije "Siempre quise participar de la misión volante". Me respondió "Venite". Ahí yo empecé con el "me encantaría pero..." y un montón de cuestiones que me impedían ausentarme de Ciudad de Buenos Aires quince días. Tenía que conseguir otro trabajo, ya que mi contrato terminaba en diciembre, trabajar, pagar el alquiler...

Ese sueño imposible empezó a darme vueltas, junto a otro: ser voluntaria en la Parroquia Cristo Resucitado, en General Roca. La invitación al voluntariado me fue hecha dos años antes y de pronto me di cuenta que era el momento. Una vez tomada la decisión, todo se ordenó para que pudiera viajar a fines de diciembre para misionar y conocer mi nuevo lugar. 

En los poquitos días que estuve en Roca me fui integrando a la comunidad parroquial. Comencé a conocer los rostros y los nombres que hacen posible muchos proyectos donde el amor a Jesús se expresa en el amor a los hermanos, en acompañar y en fomentar la dignidad humana. Con mucha alegría voy descubriendo una comunidad llena de vida, que sale al encuentro, donde hay mucho trabajo y entrega, que camina junto con Jesús.  

La misión en el campo es distinta a las que viví en San Pedro y San Nicolás (provincia de Buenos Aires). El compartir es diferente. Hubo menos palabras y mil gestos de amor y alegría por el encuentro. También yo me quedé sin palabras. Por momentos solo me salía observar, sonreír y agradecer porque nos recibieron, porque éramos parte de sus vidas, porque compartimos todas las actividades del día: tomamos mate, amasamos torta fritas, fuimos a buscar las chivas, jugamos al truco, cocinamos, rezamos, nos deseamos cosas buenas para el año. 

Volví a Roca con la sensación de que algo habíamos hecho bien, pero no podía explicar qué había sido ese algo tan maravilloso. De a poco me di cuenta que lo tan especial era el TIEMPO: Lo más simple e importante que podemos compartir. Anunciar a Jesús no se trata de acciones asombrosas o grandes palabras, sino de gestos simples llenos de amor. Como en las parábolas del Evangelio, el Reino es pequeño, silencioso, sencillo e inmensamente valioso. Tenemos que estar atentos para descubrirlo en los momentos cotidianos. Y sin dudas, el tiempo compartido con las familias de la zona de Kakel Huincul estuvo colmado de la presencia de Jesús. 

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