viernes, 21 de septiembre de 2018

Educación Sexual Integral

No entiendo a quienes promueven la campaña “Con mis hijos no te metas”. ¿Creerán que no es necesaria la Educación Sexual Integral? ¿Habrán leído la ley 26.150 del año 2006? ¿Y alguno de los manuales a los que se puede acceder desde internet?



Quizás desconozcan que la sexualidad no es algo aparte del resto de la vida. Somos seres sexuados. Todo lo que hacemos, todas las expresiones, la posibilidad de comunicarnos con el mundo, nuestro crecimiento personal lo realizamos como seres sexuados, desde el desarrollo uterino hasta la tercera edad.
Quizás crean el Educación Sexual Integral es sobre cómo tener sexo, cuando se trata sobre nuestro estar en el mundo, nuestra relación con nosotros mismos y con los demás.
Quizás piensen que no es necesaria. Quizás creen que todos podemos construir nuestra identidad de género y nuestra orientación sexual sin problemas, sin presiones, sin estereotipos. O quizás no sepan que la identidad se construye, se descubre, se asume. También que es dinámica. Quizás crean que todos somos totalmente libres.
Quizás nunca se sintieron presionados para hacer o dejar de hacer algo para encajar, por el qué dirán, para demostrar algo a otras personas. Quizás nunca sintieron presión de una persona, de un grupo, de normas morales.
Quizás no sepan que los géneros son construcciones culturales, que incluyen expectativas y mandatos, que habilitan y deshabilitan comportamientos, sentimientos y elecciones, que van cambiando en el tiempo. Y que conllevan relaciones de poder.
Quizás nunca sintieron que no encajaban, que eran diferentes. Quizás nunca se frustraron porque su cuerpo no es el ideal de las publicidades. Quizás nunca sintieron vergüenza.
Quizás nunca se sintieron desconcertados y violentados por una palabra, una actitud o un contacto. Quizás nunca sintieron que no se podían defender, que no sabían qué hacer, que no podían contarle a nadie lo que les pasaba.
Quizás piensen que las personas que no encajan en la identidad de género que se les asignó al nacer o en el patrón heterosexual es porque se confundieron, porque leyeron cosas raras, porque alguien se los inculcó.
Quizás no crean que sea importante educar para el respeto al propio cuerpo, al cuerpo del otro, a la diversidad.
Quizás no sepan que sexualidad no se restringe a la genitalidad, pero la incluye. Y ahí también es necesario educar.
Quizás crean que todas las personas conocen su propio cuerpo (que nunca es igual al modelo de los libros), el funcionamiento de los métodos anticonceptivos y la prevención de enfermedades de transmisión sexual y que pueden elegir sin condicionamientos de ningún tipo cuál usar -ni informativo, ni económico, ni familiar, ni de la pareja.
Quizás siempre se sintieron respetados en sus decisiones. Quizás siempre se sintieron valorados en integridad personal.
Quizás no sepan que a veces la violencia se expresa en el sexo; que a veces las relaciones sexuales se usan para poseer egoístamente, para satisfacer los propios deseos ignorando el bienestar del otro, para destruir. O tal vez creen que todos saben defenderse en estas situaciones, pedir ayuda, hablar.
Quizás no consideren importante educar para reconocer y valorar el propio deseo, para decir que sí o que no. Y para escuchar y respetar el deseo del otro. Para que los encuentros sexuales sean de respeto, sin presiones, previnieron embarazos no deseados y enfermedades, y con placer.
Quizás no crean que es importante que el Estado garantice esta educación, y piensen que cada uno debe arreglarse como pueda. O tal vez crean que hay una única verdad, y que no es posible enriquecernos con diferentes puntos de vista, de acuerdo a creencias y elecciones variadas.
Quizás piensen que todo está bien como está y no hace falta mejorar nada.
¿De qué estarán defendiendo a sus hijos?

viernes, 19 de enero de 2018

“Los sueños parecen al principio imposibles, luego improbables, y luego, cuando nos comprometemos, se vuelven inevitables”


Un domingo a principios de noviembre un amigo me contó que estaban organizando la misión de verano por el campo al sur de Río Negro. Le dije "Siempre quise participar de la misión volante". Me respondió "Venite". Ahí yo empecé con el "me encantaría pero..." y un montón de cuestiones que me impedían ausentarme de Ciudad de Buenos Aires quince días. Tenía que conseguir otro trabajo, ya que mi contrato terminaba en diciembre, trabajar, pagar el alquiler...

Ese sueño imposible empezó a darme vueltas, junto a otro: ser voluntaria en la Parroquia Cristo Resucitado, en General Roca. La invitación al voluntariado me fue hecha dos años antes y de pronto me di cuenta que era el momento. Una vez tomada la decisión, todo se ordenó para que pudiera viajar a fines de diciembre para misionar y conocer mi nuevo lugar. 

En los poquitos días que estuve en Roca me fui integrando a la comunidad parroquial. Comencé a conocer los rostros y los nombres que hacen posible muchos proyectos donde el amor a Jesús se expresa en el amor a los hermanos, en acompañar y en fomentar la dignidad humana. Con mucha alegría voy descubriendo una comunidad llena de vida, que sale al encuentro, donde hay mucho trabajo y entrega, que camina junto con Jesús.  

La misión en el campo es distinta a las que viví en San Pedro y San Nicolás (provincia de Buenos Aires). El compartir es diferente. Hubo menos palabras y mil gestos de amor y alegría por el encuentro. También yo me quedé sin palabras. Por momentos solo me salía observar, sonreír y agradecer porque nos recibieron, porque éramos parte de sus vidas, porque compartimos todas las actividades del día: tomamos mate, amasamos torta fritas, fuimos a buscar las chivas, jugamos al truco, cocinamos, rezamos, nos deseamos cosas buenas para el año. 

Volví a Roca con la sensación de que algo habíamos hecho bien, pero no podía explicar qué había sido ese algo tan maravilloso. De a poco me di cuenta que lo tan especial era el TIEMPO: Lo más simple e importante que podemos compartir. Anunciar a Jesús no se trata de acciones asombrosas o grandes palabras, sino de gestos simples llenos de amor. Como en las parábolas del Evangelio, el Reino es pequeño, silencioso, sencillo e inmensamente valioso. Tenemos que estar atentos para descubrirlo en los momentos cotidianos. Y sin dudas, el tiempo compartido con las familias de la zona de Kakel Huincul estuvo colmado de la presencia de Jesús.