jueves, 17 de enero de 2019

Caminantes

"Nosotros no caminamos porque tenemos ganas. Caminamos porque llevamos a Jesús", nos dijo Ramón Epulef cuando lo visitamos en 2018. Fue una gran lección: en dónde está nuestra esperanza, nuestra fuerza, por qué nuestra misión. En cada reunión durante el año recordamos esa frase. Y en esta misión me resonó aún más.
Nos pusimos en camino con una certeza: las ganas de compartir a Jesús, sabiendo que "donde dos o tres se reúnen en mi nombre ahí estoy yo en medio de ellos". Cada familia nos enseñó de Jesús con sus gestos de amor, con su esperanza, con su fortaleza, con su alegría. Y la oración compartida fue un encuentro profundo, un verdadero aprendizaje.
Cada camino tuvo su razón en la inmensidad de la meseta. Las caminatas fueron tiempo para rumiar lo vivido, para contemplar la naturaleza, para entender las distancias y las dificultades de comunicación de los pobladores del campo. Algunos días el viento nos complicó. Y todo eso le dio el mejor sabor a los mates de bienvenida.
Un día nos preguntaron si nos gustan más las partidas o las llegadas. A mí me gustan más las llegadas. Porque el cansancio encontró sentido en el afecto y la alegría con que nos recibieron. Porque fue emocionante reencontrarme con cada familia que conocí el año pasado. En cambio, en las partidas sentí ganas de quedarme mirando esos ojos, en comunión. Sentí que la palabra gracias me quedaba muy, muy pequeña frente a tanto compartido y que sólo podía rezar "Hasta tanto volvamos a encontrarnos Dios los guarde en la palma de su mano".






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