Martina
es una de las personas más hermosas que conozco y una de las que más me ha
acompañado y ayudado a crecer en la fe, quizás sin saberlo. Fue mi niñera y
trabaja en casa desde hace 20 años. Es nuestro ángel de la guarda.
Tiene
45 años. Está en pareja desde hace 30 años con Miguel y tienen 5 hijos y varios
nietos.
Martina
vive muchas situaciones difíciles y siempre es luz. Pone toda su esperanza en
Jesucristo. Siempre está alegre. Todo para ella es una buena noticia. Es
humilde y se alegra cuando a otros les va bien. Nunca siente celos.
Silenciosamente crea lazos de amor, construye situaciones de armonía, de
esperanza y de paz. Muchas personas la han defraudado, y ella sigue apostando a
esas personas en particular y a los seres humanos en general. Tiene fe en Dios
y en los hombres.
Siempre
está atenta a quien la necesita. Y lo maravilloso es que no lo hace desde la
superioridad de "vos me necesitas, yo te ayudo". Se acerca a
compartir, mostrando que las dos personas disfrutan del encuentro.
Valora
a cada criatura. Es maravillosa con niños y ancianos, incluso en situaciones
muy difíciles.
Es
igual de amorosa con todas las personas. No deja a nadie de lado, por su
condición social, por como lo etiquetaron los demás, por errores pasados.
No
tiene segundas intensiones, no hace reclamos, no espera nada a cambio. Su amor
es libre. Cuando se enoja, no lastima, busca la mejor manera de solucionar el
conflicto. Perdona y vuelve a perdonar. Se alegra de lo hecho, de lo
compartido, sin esperar más.
Con
cada gesto vive el amor cristiano y en cada vivencia busca la presencia de
Jesús.
Es
sacramento de Dios porque nos muestra que podemos ser "buenos y
felices", como explica José Arregi, con esa sencillez y esa profundidad, y
que esa felicidad sólo es posible si es compartida. Mirando a Martina yo
descubrí que Jesús no es una presencia mágica que nos quita los problemas, sino
una presencia constante que camina nuestra vida, paso a paso, nos sostiene y
nos fortalece.
Sin
fe, podemos decir que la vida de Martina es la vida de una buena persona. Sin
dudas, llena de valores. Esa es la realidad visible. Pero con fe, vemos la
realidad invisible: cada gesto en su
vida es muestra de la presencia amorosa y misericordiosa de Dios.
Martina
es unión. Con gestos pequeños, con acciones sencillas, de modo casi invisible,
genera unión y diluye situaciones tensas o enojos.
Martina
es amor y es bondad, pone su vida al servicio de Dios y de los demás. Su
esperanza está en Jesucristo.
“El Padre del Cielo,
Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso. Por lo tanto, busquen primero el
Reino y la Justicia de Dios, y se les darán todas esas cosas.” Mateo 6, 32-33
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