martes, 6 de septiembre de 2016

Martina, sacramento de Dios

Martina es una de las personas más hermosas que conozco y una de las que más me ha acompañado y ayudado a crecer en la fe, quizás sin saberlo. Fue mi niñera y trabaja en casa desde hace 20 años. Es nuestro ángel de la guarda.
Tiene 45 años. Está en pareja desde hace 30 años con Miguel y tienen 5 hijos y varios nietos.
Martina vive muchas situaciones difíciles y siempre es luz. Pone toda su esperanza en Jesucristo. Siempre está alegre. Todo para ella es una buena noticia. Es humilde y se alegra cuando a otros les va bien. Nunca siente celos. Silenciosamente crea lazos de amor, construye situaciones de armonía, de esperanza y de paz. Muchas personas la han defraudado, y ella sigue apostando a esas personas en particular y a los seres humanos en general. Tiene fe en Dios y en los hombres.
Siempre está atenta a quien la necesita. Y lo maravilloso es que no lo hace desde la superioridad de "vos me necesitas, yo te ayudo". Se acerca a compartir, mostrando que las dos personas disfrutan del encuentro.
Valora a cada criatura. Es maravillosa con niños y ancianos, incluso en situaciones muy difíciles.
Es igual de amorosa con todas las personas. No deja a nadie de lado, por su condición social, por como lo etiquetaron los demás, por errores pasados.
No tiene segundas intensiones, no hace reclamos, no espera nada a cambio. Su amor es libre. Cuando se enoja, no lastima, busca la mejor manera de solucionar el conflicto. Perdona y vuelve a perdonar. Se alegra de lo hecho, de lo compartido, sin esperar más.
Con cada gesto vive el amor cristiano y en cada vivencia busca la presencia de Jesús.
Es sacramento de Dios porque nos muestra que podemos ser "buenos y felices", como explica José Arregi, con esa sencillez y esa profundidad, y que esa felicidad sólo es posible si es compartida. Mirando a Martina yo descubrí que Jesús no es una presencia mágica que nos quita los problemas, sino una presencia constante que camina nuestra vida, paso a paso, nos sostiene y nos fortalece.
Sin fe, podemos decir que la vida de Martina es la vida de una buena persona. Sin dudas, llena de valores. Esa es la realidad visible. Pero con fe, vemos la realidad invisible: cada gesto en su  vida es muestra de la presencia amorosa y misericordiosa de Dios.
Martina es unión. Con gestos pequeños, con acciones sencillas, de modo casi invisible, genera unión y diluye situaciones tensas o enojos.
Martina es amor y es bondad, pone su vida al servicio de Dios y de los demás. Su esperanza está en Jesucristo.

“El Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso. Por lo tanto, busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán todas esas cosas.” Mateo 6, 32-33


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